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Debo confesar, con un cierto dejo de pesar, que Bad Bunny no me gusta ni por asomo, pero debo reconocerle que actualmente es mucho más contestatario que muchos «rebeldes» pertenecientes al mainstream.

No soy ingenuo, por supuesto que entiendo que lo que «el conejito malo» hace, responde a una estrategia comercial muy bien orquestada. Se sabe que, en la actualidad, la industria de la música ya no se trata de talento o de virtuosismo, sino de productos que puedan encajar en un nicho de mercado específico para crear experiencias o hábitos de consumo.

Sin embargo, mientras que los críticos e innovadores de antaño se han dedicado a capitalizar la nostalgia, con el pretexto de perpetuar «su legado» en el gusto de las próximas generaciones, Bad Bunny, el alter ego de Benito Antonio Martínez Ocasio, ha ocupado su posición privilegiada para llamar la atención sobre temas como la gentrificación, el despojo y el colonialismo, pero no todo es tan ideal como parece.

A estas alturas no es exagerado decir que el reguetón, con todas sus formas subversivas del «buen gusto», es un equivalente al punk con su lenguaje soez y su desgarbo social. El punk con su estética radical y su postura do it yourself demostraron que no era necesario poseer «talento» musical sino actitud y ganas de molestar a las «buenas» conciencias. Dick Hebdige, en su obra cumbre, Subcultura: el significado del estilo, afirma que cuando las subculturas se espectacularizan y expresan contenidos prohibidos como la conciencia de clase o las diferencias, utilizando formas como transgresiones a los códigos de conducta y etiqueta o infracciones a la ley, se les censura significativamente como antinaturales. El reguetón lleva mucho tiempo haciendo esto y sigue escandalizando a las clases medias que consideran haber alcanzado un cierto nivel de privilegio cultural.

Lo que hemos olvidado es, quizá, lo que Joseph Heat y Andrew Potter mencionan respecto a la noción de gusto en su libro Rebelarse Vende: el gusto tal vez sea primero y ante todo, un disgusto, el disgusto producido por el horror o la intolerancia visceral a los gustos de los demás, sobre todo si se trata de los gustos de las clases menos privilegiadas. Sin embargo, muchas de las cosas que hoy se consideran fuera del alcance de las masas, debido a su naturaleza transgresora, experimental y libre, han subvertido su orden convirtiéndose en una estructura rígida que emula aquello que alguna vez combatieron. La contracultura de antaño, se tornó con el tiempo en una suerte de gemelo malvado que asimiló las prácticas del sistema y las «disfrazó» de rebeldía institucionalizada (hippies convertidos en yuppies, heavymetaleros ávidos de demostrar que son excelentes músicos de cámara).

El rock, el jazz, el blues, que cubrieron de manera parcial esa necesidad existente en las clases medias de encajar en la estructura hegemónica, generaron a su vez nuevas capas de significado en sus rituales de consumo y entretenimiento. El foro de conciertos, el estadio, la arena, se convirtieron en espacios donde la distinción se hizo más evidente a partir de la estratificación en el costo de las entradas. Las zonas VIP, los meet & greet, reforzaron la noción de privilegio y de cercanía con el artista. Pues, en el imaginario consumista, los que más pagan son los verdaderos seguidores de una agrupación o solista y no los advenedizos que solo disfrutan un par de canciones en condiciones de pésima ingeniería de audio y amontonamiento.

La arena y el estadio son espacios que la idiosincrasia pequeño burguesa se apropió para su disfrute personal, la música popular, en el caso de México, estaba relegada al palenque, a la plaza de toros, al «gran bailazo«. Bajo esta óptica, pareciera que el problema con el reguetón no estriba en su cuestionable calidad musical o los temas que abordan sus letras, sino en su apropiación de los espacios de consumo cultural que las élites se afianzaron durante muchos años, para establecer minuciosos mecanismos de distinción que perpetuaron la idea de que no existían los «otros». Sobre esto se puede revisar, con todos sus claroscuros, el caso de Juan Gabriel en Bellas Artes y su reciente reivindicación como ídolo nacional en la proyección de dicho concierto en el Zócalo de la capital mexicana.

La acumulación de un sólido capital cultural, que los seguidores de ciertos géneros musicales llevan a extremos insospechados, funciona también como una perversa relación de subordinación de una clase «exclusiva» y excluyente.

Retomo el punto. En uno de sus actos transgresores más recientes, después de haber agotado 8 fechas en el Foro GNP de la CDMX, con boletos que oscilaban entre los novecientos y los 10 mil pesos, Benito «el conejito» decidió colocar en General B (una de las zonas baratas) una estructura conocida como «La casita» basada en una vivienda existente en Humacao en la costa oriental de Puerto Rico. Con este acto, el interprete busca concientizar a su público sobre el despojo y la gentrificación en su natal Puerto Rico. El asunto es que quienes pagaron los boletos más caros se quejaron de que Bad Bunny pasa más tiempo en ese espacio y no en el escenario principal, negándoles, a propósito, la «experiencia» que esperaban.

Contestatario, sí, evidenciar lo que todos ya sabíamos respecto al clasismo, la discriminación y la estratificación social. Revolucionario, no tanto ¿Original? menos.

Aunque todo este asunto (la molestia de quienes pagaron mucho dinero por estar cerca de su artista para ver sus deseos frustrados en beneficio de los espectadores menos favorecidos) pareciera arrastrarnos de primera mano a retomar el modelo de distinción propuesto por Bordieu (aparentemente reduccionista a estas alturas) debemos contemplar que esta perspectiva sobre el capital cultural se ha convertido en un entramado mucho más sofisticado. Carl Wilson menciona en su libro Música de mierda, que el modelo de clase alta ha pasado de un ideal «snob» a otro omnívoro pues una persona acomodada y bien educada, para seguir pareciendo cool, debe consumir un poco de alta cultura combinada con una gran cantidad de cultura popular, arte internacional y entretenimiento lowbrow: una ópera contemporánea un día, un roller derby y un espectáculo afrobeat al día siguiente.

Lo popular causa escozor, siempre que pertenezca al otro, al oprimido, al que no queremos ver porque ensucia nuestra visión alienada de lo que significa ser un ciudadano civilizado, lo popular deja de serlo solo cuando es validado por las clases hegemónicas que lo asimilan como parte de su gusto «exquisito» y exclusivo.

Sin embargo, no debemos caer en el engaño tan fácilmente. Aunque el acto contestatario de Bad Bunny pareciera «burlarse» de primera mano de las élites económicas para reivindicar a la clase trabajadora, la realidad es que él mismo pertenece al grupo privilegiado que pretende increpar. Bad Bunny es una estrella que ha ganado 3 Grammys y que ha aparecido en varias cintas hollywoodenses (aunque sus papeles no sean relevantes). Esta posición, que le ha granjeado el respeto de los poderosos grupos que mueven los hilos del mundo del espectáculo, es lo que le permite realizar este tipo de performance simbólico que, reconozcámoslo, sirve únicamente como catarsis y escape colectivos para la gente sometida a los caprichos de la sociedad de consumo, de la marginación laboral y de las pésimas políticas públicas.

Sin embargo, las cuentas bancarias de Benito Antonio Martínez continúan acumulando exhorbitantes cantidades de riqueza. Riqueza que, aunque él diga lo contrario, le aleja abismalmente de las injusticias y de las personas que padecen el despojo, la violencia y el racismo de forma cotidiana.

Si hemos decidido comprar el discurso de este Robin Hood posmoderno que le roba a los ricos para dárselo a los pobres es porque en nuestro imaginario colectivo aún habitan los restos del espíritu contracultural de los sesenta que nos hizo creer que era mejor resistirse que venderse al sistema. El acto simbólico de «La casita» es una forma de decirle a los fans de Bad Bunny que a pesar de que este dejó la precariedad hace varios años, tiene residencias en Los Ángeles, y estuvo en la lista de los artistas mejor pagados en 2023, sigue formando parte del pueblo, de la gente de a pié. La realidad es que, como aseveran Heat y Potter, el concepto de contracultura se basa en un equívoco…

En el mejor de los casos es una pseudorrebeldía(…) una serie de gestos teatrales que no producen ningún avance político o económico tangible y que desacreditan la urgente tarea de crear una sociedad más justa. Es una rebeldía entretenida para los rebeldes que la protagonizan y poco más.

Carl Wilson, en esta misma línea, refiere que lo que los críticos liberales catalogan de subversivo muy pocas veces tiene que ver con reformas sociales prácticas. Si somos honestos, poner una casita en medio de la zona donde los boletos son más «accesibles» no va a resolver las situaciones lamentables que Bad Bunny ha denunciado en distintos canales, por supuesto que le va a brindar a sus seguidores una experiencia «irrepetible» y varias pláticas de sobremesa, incluso algunos celebrarán su postura (como yo) al considerar que rescata el espíritu punk de otros tiempos. Pero sin políticas claras y un plan de acción viable, parece muy lejana la solución a problemáticas complejas o la creación de canales que permitan abrir caminos hacia la justicia social. Y es que la organización política tradicional es tediosa y poco divertida.

Si los rockeros del mainstream han dejado de lado esta consigna de «vamos a revolucionar el sistema» es porque fallaron en el pasado: Live Aid no ayudó a mitigar el hambre en África, Live 8 no hizo que las potencias económicas del mundo perdonaran la deuda externa a los países más pobres, que Bono sacara del exilio a Salman Rushdie no evitó que atentaran contra su vida varios años después.

Si retomamos de nueva cuenta a Heat y Potter podemos aseverar que la rebeldía no supone una amenaza para el sistema porque es el sistema (…) Divertirse no es transgresor. De hecho, el hedonismo generalizado entorpece la labor de los movimientos sociales y hace mucho menos atractivos los sacrificios en nombre de la justicia social. Los actos performáticos de Bad Bunny no van a terminar con las situaciones que él ha denunciado en Puerto Rico, porque a final de cuentas son las instituciones las encargadas de distribuir los recursos, las ventajas y las desventajas sociales de un modo justo o injusto. Los actos simbólicos tienen una carga liberadora y son muy válidos, sobre todo para llamar la atención de la opinión pública, pero no por ello deconstruyen la estructura social, ideológica, gubernamental, legislativa o estatal de un sistema mucho más enrevesado de lo que queremos aceptar.

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2 comentarios en «The Bad Bunny affair»

  1. Considero revitalizante leer este tipo de posturas críticas respecto de lo que sucede en el mundo del entretenimiento musical. Y, si bien, «La Casita» no es la panacea a las injusticias sociales, sí aprovecha su posición y sí abre la conversación. Y me hace plantear las preguntas: ¿Qué se puede hacer además de lo hecho para contribuir a la causa? ¿Se puede hacer algo? ¿Qué estoy haciendo yo, tú, ustedes, nosotros?

    Larga vida a EstoNoEsUnDiario y por supuesto a Alex Hache.

    1. Muchas gracias por tu comentario. Sobre tu pregunta respecto a lo que se puede hacer, creo más en las acciones concretas y enfocadas. Por supuesto que lo grandilocuente siempre se ve más, es más espectacular y llama la atención, pero precisamente por ello se diluye como si se tratara de fuegos artificiales. Las acciones pequeñas, a nivel de barrio, de comunidad, pueden generar cambios bastante significativos. Hemos dejado de creer en las instituciones pero también hemos olvidado que estas están conformadas por personas como nosotros. No debemos convencer a las instituciones sino a las personas que las dirigen y exigirles el bien común. No sé ¿Tú que opinas?

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