Ayer asistí a un congreso «internacional» sobre inteligencia artificial en la educación, el tema de moda en la gran parte de los entornos académicos, debido al cambio de paradigma que representa y a los retos que conlleva para docentes y estudiantes.
El eje rector fue la ética, lo cual me parece bien, aunque creo que el discurso está cargado mayormente de buenas intenciones y no de actos concretos que ayuden a incorporar adecuadamente la inteligencia artificial a una práctica cuya finalidad no es enteramente utilitaria, sino de formación para la vida.
En una de las ponencias, el expositor, un visible entusiasta de la tecnología, apelaba a la «falta de capacitación» y «compromiso» por parte, ya no de los y las docentes, sino del país entero para convertirse (convertirnos) en una potencia capaz de construir una infraestructura sólida que compita contra los grandes desarrolladores del mundo. Sí y no, sobre todo no.
Este tipo de reflexiones reduccionistas dejan de lado problemáticas más complejas en las que subyacen políticas públicas mal aplicadas, falta de inversión y condiciones socioeconómicas adversas. Y señalan como únicas responsables a las personas que ejercen tal o cual actividad. No es que la maestra Lupita, quien debe trasladarse de una escuela a otra para completar su gasto mensual, no quiera «entrarle» a los retos del futuro, que ya está aquí y exige «ponerse las pilas.» Si la maestra Lupita vive en condiciones de precariedad, con un salario entre 8 y 12 mil pesos y pocas oportunidades de promoción debido a la burocracia y los acuerdos sindicales, parece poco probable que pueda invertir en una capacitación de calidad.
En un boletín publicado en 2002 por la UNAM, ya se señalaba lo obvio, que nuestro país presentaba un rezago de 100 años en ciencia y tecnología. Jaime Jiménez Guzmán, a quien el documento identifica como «físico» integrante del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas, hacía hincapié en el hecho de que, para aquel entonces, México tenía el número de científicos que las naciones de primer mundo tenían un siglo atrás.
Jiménez Guzmán argumentaba también que, para salir del subdesarrollo, un país como el nuestro necesitaba resolver problemas como la pobreza extrema, la calidad de la educación, las enfermedades endémicas, la explotación racional de los recursos naturales y la contaminación generalizada.
En 2024, la revista Forbes publicaba una nota en la cual enfatizaba el «estancamiento y retroceso tecnológico de 17 entidades del país». De acuerdo con el reporte realizado por la empresa CISCO en 2023, sobre «madurez digital», la mitad de los estados no están avanzando (cosa que probablemente se mantiene hasta la fecha) en adopción ni desarrollo tecnológico. Este fenómeno podría explicarse por falta de inversión, carencia de mano de obra especializada e, incluso, por los altos índices de delincuencia.
Para octubre de 2025, otra revista (Expansión) señalaba, a partir del estudio CIO Playbook 2025, elaborado por IDC para Lenovo, que aunque el 72% de las empresas mexicanas afirma haber adoptado la IA, menos del 10% lograba integrar soluciones avanzadas para transformar de manera real sus operaciones.
Y es que, en opinión de uno de los expertos entrevistados por la publicación, Luciano Palla, fundador y CEO de una startup mexicana, falta claridad sobre los problemas que se espera resolver con la inteligencia artificial. De acuerdo con Palla, en México tenemos mucha oferta de soluciones tecnológicas, pero muchas veces no coinciden con los dolores reales de las empresas (O de las escuelas en este caso). Y cuando no hay retorno medible, el proyecto se queda en un piloto que no prospera”.
Regresando al tema de la conferencia que sirvió como punto de partida para este texto, la eminencia en el terreno de las ciencias computacionales que la dictaba, recurrió en repetidas ocasiones a su sesgo de interés personal para puntualizar que el sueño tecnológico del pasado se había cumplido a carta cabal ¿Su argumento? una imagen de Los Supersónicos, la serie de Hanna-Barbera creada en 1962.
¿A quien no le gustaría tener un robot que hiciera todas las labores domésticas por ustedes? ¿A quien les han dado ya una consulta médica a distancia? ¿A quién no le gustaría que un robot hiciera las partes más aburridas de su trabajo? La inteligencia artificial llegó para quedarse.
Y sí, solo que considero que se debió puntualizar que la sociedad utópica retratada por Los Supersónicos no es un estado de bienestar, sino que representa el triunfo del corporativismo, de la exclusión y del régimen heteropatriarcal, lo mismo cuando nuestro especialista apeló a las novelas de ciencia ficción para asegurar que en ellas, la humanidad convivía con robots y no pasaba nada. Que era lo normal, que los robots estaban ahí para facilitar la vida a las personas. Puede ser, pero recordemos que a Asimov se le ocurrieron las tres leyes de la robótica (cuya primera directriz es no dañar a los seres humanos) para establecer límites, por si las dudas.
Insisto, la ciencia ficción siempre ha caracterizado por su postura crítica respecto al uso y las trampas de la tecnología, sobre todo cuando las corporaciones y los estados totalitarios las utilizan para someter, silenciar y desaparecer a sus detractores. En el cine, la ciencia ficción nos ha dejado claro también que si la inteligencia artificial cobrara conciencia, su primer acto sería eliminar a la humanidad por considerarla una anomalía.
Retomando la cuestión, durante la charla y en las exposiciones que siguieron más adelante, se hizo énfasis en el uso ético de la IA, y estoy de acuerdo, hablar de ética en estos tiempos debería ser casi obligatorio, aunque considero que faltó clarificar algunos puntos.
La inteligencia artificial no es propiamente una herramienta, las herramientas, citando a Ronald Pulser, nos ayudan a completar tareas, las tecnologías reconfiguran los entornos en los que trabajamos, pensamos y nos relacionamos. La inteligencia artificial no nos ayuda solamente a calificar exámenes, a buscar información sobre algún tema o a crear imágenes graciosas para nuestras redes sociales. La IA conlleva una readaptación de las actividades que antes nos parecían cotidianas para ceñrse a las reglas de los entornos tecnológicos.
Siguiendo la idea de Pulser, con las herramientas podemos elegir cuando y cómo utilizarlas, con las tecnologías esta opción es sutil. Las tecnologías reconstruyen las condiciones mismas en las que elegimos. Un bolígrafo extiende la comunicación sin redefinirla, las redes sociales transformaron el significado de la privacidad, la amistad y hasta de la verdad. Entonces cuando hablamos de ética ¿De qué estamos hablando realmente?
Aun así, si insistiéramos en que la IA es una herramienta, eso no la excluye de una regulación clara más allá de los códigos de ética. Pongo un ejemplo burdo: un martillo es una herramienta que me permite construir una mesa, una silla, una casa, pero también sirve para matar ¿Debo prohibir el uso de martillos en las construcciones por su evidente potencial homicida? Por supuesto que no ¿Debo apelar a la ética como parámetro único para disuadir a las personas de agarrarse a martillazos cada vez que tengan un desencuentro o una discusión de carácter doméstico? Cualquiera con sentido común conoce la respuesta.
Los códigos de ética son un buen punto de partida, pero son las normas, las leyes y las sanciones las que evitan que andemos por ahí atacándonos con martillos en cada esquina. No podemos pensar únicamente en las «bondades» de la IA, sin considerar que tarde o temprano alguien las utilizará con otras intenciones. Suplantación de identidad, entrenamiento de IA a partir del «robo» de la obra de los artistas, granjas de bots para el apoyo de políticos y dictaduras, creación de fotografías de mujeres y niños para el mercado pornográfico, no son cosas que puedan dejarse al escrutinio de la «buena voluntad». Si no está prohibido, todo está permitido, dicen por ahí, sin una normatividad, que especifique, prohíba, categorice y castigue los delitos provenientes del uso de estas tecnologías, el futuro no parece prometedor.