Las calles

Las calles nos pertenecen. No importa lo que nos digan. Las calles no son del gobierno, ni de las clases hegemónicas. Ellos no las transitan, no las conocen; para ellos no significan nada.

No entienden el dolor de quienes recorren las avenidas clamando justicia, exigiendo seguridad o acceso a derechos básicos. Nunca comprenderán la añoranza de quien espera la llegada de una persona muy querida afuera de una estación del Metro o frente a la fachada de alguna cafetería que sobrevive por obra y gracia de la costumbre y no por el expansionismo capitalista; con sus franquicias que se desbordan cada quincena, porque ese día somos poderosos e imparables.

Ellos, quienes ven el mundo desde su burbuja de cristal, no han recorrido esas tres cuadras de noche con temor a ser asaltados, no conocen el horror de enfrentarse a una calle donde el alumbrado público ha sucumbido al paso del tiempo y a la negligencia de los funcionarios. No conocen el vértigo de subirse a un puente para atravesar el periférico o cualquier otra avenida donde cruzar se vuelve deporte extremo.

Ellos, sí ellos, para quienes somos únicamente fuerza de trabajo, haraganes pendencieros que no hacemos riqueza porque no queremos, ellos, quienes creen que somos votantes sin criterio, voluntades que se manipulan con discursos vacíos, con pautas publicitarias irrisorias. Ellos nunca han caminado bajo la lluvia ácida, nunca se han mojado los zapatos en un charco, ni han sido bañados por la gandallez de un chofer del transporte público.

Nunca han degustado con fruición unos tacos cuya única garantía es el número de comensales que abarrotan ese puesto de lámina que se aparece como un oasis en el desierto.

Un puesto cuyas condiciones son tan insalubres como el aire que respiramos en casi todas las ciudades de este país. Un puesto que ostenta un arte que jamás veremos en Nueva York o en París, porque también es nuestro.

Que nadie nos diga lo contrario. Las calles nos pertenecen. Para bailar, para gritar, para pedir que regresen los que un día salieron y ya no regresaron, las calles son nuestras para perdernos, para buscar rutas, para encontrar sosiego, para decirle a todos que ya no vamos a escondernos, que ya no tenemos miedo porque solo se transita una vez por los caminos de la vida.