El cubrebocas

María sigue utilizando cubrebocas, lo lleva en el trabajo, en el transporte, cuando va al cine o cuando visita lugares muy concurridos. Las personas la miran raro o murmuran cosas a sus espaldas.

Ella dice que no volverá a la “normalidad” hasta que haya recibido una vacuna de refuerzo que garantice su seguridad, una vacuna bivalente, de esas que no hay en México y cuya distribución en el país parece poco probable.

María no se ha contagiado de covid, ni de influenza, ni de gripe. Le atribuye esto a la estrategia que han recomendado algunos expertos: ventilación de espacios, evitar aglomeraciones y el uso de cubrebocas cuando las condiciones así lo requieren.

Sin embargo, esto último le ha generado algunos momentos incómodos. Compañeros de trabajo o familiares se le acercan para decirle que deje de tener miedo, se burlan de ella o le llaman exagerada, le dicen que viva la vida, que no puede permanecer encerrada todo el tiempo, que se va a arrepentir de las cosas que no ha hecho, que de algo se tiene uno que morir, que el bicho no existe.

Pero María no les da explicaciones. Desde que se levantaron las restricciones sanitarias y desde que se vacunó, María ha salido a comer, ha ido a conciertos, al teatro, ha viajado, se ha reunido con colegas cercanos, con amigos y ha cumplido con su labor como catedrática en varias universidades. La única diferencia entre lo que hacía antes y lo que hace hoy en día, radica en que todas esas actividades las realiza usando un cubrebocas.

Ese pequeño pedazo de tela que se ha convertido, para muchos, en una declaración de principios o en una afrenta pública contra aquellos que quieren olvidar el trago amargo de 2020 o para quienes siguen creyendo que la pandemia fue un maquiavélico plan orquestado por los corporativos farmacéuticos.

La realidad es que el cubrebocas se volvió un tema político, derivado de las declaraciones de algunos mandatarios que vieron en él una oportunidad para afianzar su política populista y también gracias a las opiniones de varias celebridades, quienes confirieron a la mascarilla una suerte de significado simbólico cuyo denominador era la represión y el control por parte del estado para instaurar un nuevo orden.

Todo esto como respuesta a la cuarentena de 2020, que afectó la economía y la industria del entretenimiento.

De cualquier forma, a tres años de que se diera a conocer el primer caso de COVID 19, varios médicos continúan recomendando el uso del cubrebocas en espacios mal ventilados, con mucha gente o cuando se presentan síntomas de enfermedades respiratorias.

La Organización Mundial de la Salud dio por terminada la emergencia sanitaria internacional el pasado 5 de mayo de este año, y aunque el virus no se irá y se sigue considerando una amenaza para la salud pública, existen evidencias de que no empeorará.

Aún así, los expertos apuntan que existirán periodos de incremento de casos, sobre todo en la época de otoño-invierno, y de posibles muertes derivadas de factores de riesgo como enfermedades crónico degenerativas o falta de vacunación.

María, por su parte, asegura haberse acostumbrado a la mascarilla. No la ve como un impedimento sino como un acto de empatía y respeto para las personas que conviven con ella diariamente. Pero sobre todo, lo ve como como un gesto solidario con aquellos que perdieron a algún ser querido en la etapa más dramática de la pandemia.

Tarde o temprano, el uso del cubrebocas ya no será necesario, dice, salvo en el caso de que seamos asolados por otra emergencia sanitaria. Pero la gente que murió, las madres, los padres, los hermanos, los amigos, no volverán nunca, pienso en eso todos los días.