To AI or not to AI

El uso de la IA en las industrias creativas ha generado un intenso debate. Existen diversas posturas, desde aquellas que señalan con dedo flamígero a las personas «sin talento» que encontraron en la inteligencia artificial la manera de plasmar sus ideas, hasta aquellos más «integrados» (Umberto Eco dixit) que ven en esta tecnología una herramienta más para extender los límites de su imaginación.

Este debate no es nuevo, cada vez que irrumpe una tecnología novedosa en el mercado genera este tipo de discusiones.

Cuando se democratizó la fotografía, gracias a las cámaras digitales, hubo quienes denostaron a los noveles herederos de este Niepce pixelizado, por considerarlos carentes de una discursividad profunda. La imagen fija había pasado de ser un remanso de esnobismo y forzada intelectualidad para convertirse en el ejercicio de documentación cotidiana, «frívola» y desfetichada, de la gente «común». Algo similar ocurrió con el video.

Durante muchos años trabajé con Photoshop y escuché duras críticas a mis imágenes, acusadas de no ser «fotos de verdad», de ser composiciones sin mucho mérito. Y aunque tal vez sí, lo cierto es que con el paso de los años y con el progreso tecnológico, comprendí que, para los puristas, cualquier tipo de alteración o intervención al «testimonio vivo de la realidad que nos circunda» les parece detestable.

Pedro Meyer, fotógrafo, curador, editor y artista visual mexicano, documentó varios casos en los cuales el World Press Photo y otros certámenes descalificaron a algunos concursantes por pequeñas modificaciones en los trabajos que sometieron a valoración de los jurados.

Tal vez si Cartier-Bresson y otros fotógrafos legendarios no hubieran diseminado su visión sobre el «momento decisivo», no existiría esa rigidez institucional que valora más la técnica y el uso de la máquina que el mensaje. El problema con la IA no es la democratización de su uso, sino que un gran número de los contenidos que se generan con ella carecen de valor estético y discursivo.

Cada nueva tecnología trae consigo una buena tanda de debates sobre la ética y los alcances de sus uso. Por ejemplo, si las cámaras fotográficas no hubieran alcanzado precios accesibles, tal vez no tendríamos por ahí a Bruce Gilden molestando a la gente con sus flashes en plena calle.

Photoshop, el software que hace algunos años representaba el futuro, fue utilizado, como hoy en día se hace con la inteligencia artificial, para realizar montajes que denigraban a las personas, principalmente a las mujeres, al colocarlas en situaciones que atentaban contra su integridad. No es de sorprender que hoy ocurra lo mismo, la tecnología cambia pero las intenciones son las mismas. El futuro también tiene oscuras aristas.

Para mí, la inteligencia artificial es un paquete de herramientas que me han ayudado a optimizar y eficientar lo que hago para ganarme la vida, creo que no sustituye el talento ni las habilidades del ser humano, eso forma parte de nuestro devenir como especie y siempre será nuestro sello distintivo.

Pero no debemos olvidar que, de igual manera, aunque existen y existirán personas con talentos y disciplinas envidiables, otros muchos solo quieren pasar el rato, divertirse, formar parte de la tendencia. Sin embargo, no por ello se justifica el proceder de aquellos inescrupulosos, ávidos de generar caos, violencia y descontento. Sobre ellos hay que fijar la mirada para implementar un marco regulatorio que proteja a sus víctimas del escarnio, los señalamientos o de la puesta en duda de su reputación. La moneda sigue en el aire.

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