Tal vez ya no entiendo el cine

Últimamente tengo la sensación de que estoy viendo una versión muy diferente de las películas que por distintas circunstancias se vuelven tendencia en redes sociales.

Donde yo veo una cinta tediosa, simplona, llena de huecos en el guion y olvidable, otros ven una obra maestra que cuestiona las estructuras del hetereopatriarcado opresor y un canto de libertad que visibiliza no sé qué problemática ancestral.

Donde yo veo una historia repetitiva, que tarda demasiado en arrancar, donde la conclusión pudo haber sido algo que se resolviera en 20 minutos, otros ven una obra de arte de un director o directora que están cuestionando los estatutos que Hollywood y la industria han sostenido por años.

Esto me ha sucedido con tres películas en particular: Nosferatu de Eggers; preciosista, visualmente incomparable pero, desde mi perspectiva, aburrida, sobreactuada e innecesaria. Y esto es algo que he sostenido varias veces, si vas a hacer un remake, tu versión debe superar a la original, no nada más en el arte, sino en todos los aspectos. Pienso, por ejemplo en Cabo de miedo, Scarface, La Mosca o incluso la última versión de Nace una estrella con Lady Gaga.

El segundo caso es Anora, que no me parece mala pero tampoco me parece tan rompedora como se nos quiere hacer creer, reconozco mucho el trabajo de su director Sean Baker y de sus protagonistas (Mikey Madison y Yura Borisov) pero de verdad que esa película pudo haber durado 45 minutos o una hora y el resultado hubiera sido el mismo, me parece que tiene algunas fallas de guion propias del cine independiente, sobreexplicativa y con una progresión dramática lenta y exasperante.

Y por último, Pecadores (Sinners). Una película de vampiros que sí, en efecto, tiene una fotografía extraordinaria, que sí tiene actuaciones muy buenas, que sí tiene un excelente soundtrack pero que para cuando salen los susodichos chupasangres, ya fuiste al baño tres veces, ya se te acabaron las palomitas y ya te echaste una siestecita relajante para soportar el horror de haber pagado para ver esto en una sala IMAX, que porque ahí (y yo les creí) se disfruta mejor.

Creo que en estos días predomina la forma por encima del fondo, demasiada decoración para un pastel muy insípido.

Y no, no me creo esa patraña de que Pecadores es una visión fresca porque sus protagonistas son afroamericanos. Antes ya tuvimos Blácula, Un vampiro en Brooklyn con Eddie Murphy, las tres entregas, muy populares por cierto, de Blade, a Grace Jones en esa cosa muy mala llamada Katrina y hasta a la desafortunada Aliyah en La reina de los condenados.

El problema para mi con Pecadores es que no se sabe si es una denuncia o un recordatorio, mas bien tibio, sobre los abusos a la comunidad afrodescendiente en los USA, un musical sin mucho dramatismo pero sí mucho cachondeo o una película generica de acción que se resuelve de forma facilona. Es más, este tipo de pastiches que amenazan con volverse tendencia (basta ver Joker Folie à Deux o Emilia Perez) me parece que son un descarado fusil de la forma de contar historias que ha caracterizado a Bollywood durante décadas.

Quizá lo más rescatable de Pecadores es que nos recuerda que el blues existe (y lo recalca con sus escenas postcréditos) y celebro que lo haga, sobre todo en una época donde la música la hacen influencers, pseudocantantes que no cantan, ni componen y la espeluznante pero cada vez mas inevitable inteligencia artificial.