¿Para qué escribir entonces?

Alguna vez un viejo conocido, que hoy se ha convertido en un extraño mas, me dijo que el remedio para sanar cualquier herida era la escritura.
En aquel entonces me pareció una solución demasiado romántica e inservible, un cliché literario que terminaría convirtiéndose, según yo y mi poca sabiduría de aquella época, en una torre de soberbia moral (e incluso intelectual) desde la cual juzgar las tragedias ajenas.
Reconozco que estaba equivocado. En estos días he sentido el impulso casi rabioso de escribir. De todo, de nada, porque sí y porque no.
Han sido un par de años difíciles, mucho, exageradamente; pandemia, muerte, guerra, incertidumbre política y económica, la sensación inusual de vivir dentro de un bucle infinito donde el caos está la orden del día. Un par de años de dudas, de desencuentros y de ideas que he sido muy perezoso para aterrizar en papel. Escribir sobre la pérdida, sobre la derrota, sobre aquello que ha dejado de ser importante, sobre el amor y la nada.
Quisiera escribir y no puedo. Las ideas pierden sentido, me imagino ante el escrutinio del otro, de quien se encuentra mis textos por casualidad, por invitación o por curiosidad y me detengo. Me censuro para no ofender las conciencias, para no ser políticamente incorrecto, para no echar mi poco o mucho prestigio por la borda. Aunque lo deseo.
¿Sobre qué debería escribir entonces? ¿Debería hacerlo para conseguir seguidores? ¿Apóstoles? ¿Detractores? ¿O debería hacerlo para dejar mis letras en el limbo del ciberespacio? Para que se pierdan, para que se olviden, para que no valgan nada.
Aquel viejo conocido, que hoy me resulta tan ajeno, como probablemente me parecerá esta diatriba cuando la tormenta amaine, quizá tenía un poco de razón. Aunque pienso que escribir nunca sanará del todo eso que nos hirió tan profundamente.
Me parece más bien que la escritura es una cicatriz, una que vamos cauterizando y dejando supurar a capricho, una cicatriz que a veces rascamos demasiado para hacerla sangrar de nuevo, que otras tantas es una marca que ocultamos con vergüenza y que también, porque nos fascina el drama, presumimos con orgullo para recordarnos nuestra fuerza, nuestro aguante, eso que llaman resiliencia.
¿Para qué escribir? ¿Todavía es válido? ¿Más allá de las fronteras impuestas por las redes sociales y su incansable búsqueda de nuestro más profundo instinto capitalista? No lo sé y sin embargo lo hago. Aquí, allá, en todas partes.
