Suddenly Teotihuacán

Una pregunta, amigo ¿Ya visitaste las pirámides? Ni siquiera tengo tiempo de cerrar la ventana.
Juan, porque así dice su gafete, está casi encima de mí con su cara regordeta.
– Si no, te comento que cierran a las tres. A las dos y media comienzan el desalojo para que llegada la hora, el recinto ya se encuentre completamente vacío. Juan es un profesional, habla tan rápido que resulta imposible interrumpirlo.
– Igual te comento que, por seguridad, no se puede subir a la pirámide del sol y te recomiendo que vayas considerando alguna actividad alternativa.
Quizá dar la vuelta y regresar por donde vine, me digo a mí mismo tratando de no soltar una risilla maliciosa.
– Si vas a comer te recomiendo este restaurante, las bebidas son gratis con el consumo, a excepción de la cerveza. Adelante y bienvenido.
Juan, quien hasta el momento se había acomodado mas de cinco veces el delgado cubrebocas que tapaba estoicamente su ancho rostro, me entrega un volante donde pueden verse algunas fotos de platillos típicos cuya base es carne de res y verduras. Me dice que llegaré a mi destino en unos 10 minutos y me insiste en la oferta de las bebidas.
Es un ahorro, mi hermano, me grita mientras me alejo. Un ahorro. Sí, cómo no.
He recorrido 60 kilómetros hasta este punto. Es la una y cuarto y no pretendo quedarme más de lo necesario. Vine porque necesitaba salir, tantos meses de encierro me estaban volviendo loco.
Ingreso al estacionamiento, que está rodeado de vendedores que agitan unas banderas improvisadas para invitar a los turistas a visitar sus establecimientos. No sé quién les dijo que esa estrategia publicitaria funciona, no tiene ningún sentido.
Comienzo a ser perseguido por un guía que me receta la misma letanía de Juan: las prohibiciones y la posibilidad de «ir considerando otro tipo de esparcimiento» –¿Que te parece un viaje en motoneta para explorar el paisaje o el descenso a las cuevas? Están bien bonitas–. Y a lo mejor sí pero no me llaman la atención.
Molesto, le hago saber a Carlos, porque eso dice el enorme pedazo de cartón que cuelga de su cuello a manera de identificación, que su insistencia en obtener algún beneficio económico a mis costillas no rendirá frutos y que si me sigue quitando el tiempo no podré visitar las ruinas porque como él (y Juan) ya me comentaron, cierran temprano. Aunque la página web oficial no haya actualizado esta información.
Adquiero mi boleto, 80 pesos por persona más la tarifa del estacionamiento. Ingreso por una puerta que da hacia la pirámide del sol, misma que está rodeada por diversos puestos que ofrecen una variopinta cantidad de «recuerditos» Desde camisetas que terminarán arrumbadas en algún rincón del clóset, hasta arcos decorados con plumas falsas y botellas a las cuales se les han realizado modificaciones con plastilina epóxica, pintura acrílica y barniz.
Llego a una pequeña calzada, el cielo amenaza con desbordarse, ruego porque las deidades sean lo suficientemente benevolentes para permitirme visitar el conjunto arqueológico. Nuevamente soy acosado por un grupo de vendedores que ahora me ofrecen lanzas con puntas de obsidiana, cuarzos y plata «barata».

El covid 19 afectó de manera desproporcionada la economía de estos artesanos que subsisten de sorprender a los turistas extranjeros, principalmente gringos, con un misticismo chocante.
El viento sopla y de alguna manera predomina algo muy parecido al silencio. Un silencio que es violentado a ratos por los gritos de algunos niños que deberían estar en la escuela y por el sonido de las flautas con formas de animales que imitan el rugido del jaguar y el ulular de los búhos.
Un grupo de visitantes claramente decepcionados permanece con los brazos extendidos y la mirada puesta en el cielo tratando de que las «energías», que hasta donde sé solo se manifiestan durante el solsticio de primavera, penetren a través de sus cubrebocas KN95.
El lugar no está lleno pero tampoco está vacío. El gobierno del Estado de México estableció a principios de 2021 que la zona arqueológica reanudaría actividades permitiendo un aforo de 30 por ciento, además de que se exigiría la distancia de metro y medio entre los asistentes, gel antibacterial y toma de temperatura. Sin embargo, estas reglas parecen no aplicar para todos aquellos que se disputan la mejor selfie frente a la atracción principal: la pirámide del sol que proyecta su sombra sobre un letrero que versa en español e inglés: «Tú eres inmortal, nosotros no, ponte el pinche tapabocas, cabrón.»
La naturaleza ha hecho lo propio con la inmensa mole rocosa que se yergue junto a la calzada de los muertos, pues sus colosales muros han sido invadidos por la maleza. Misma que es desprendida por un grupo de arqueólogos encargados de preservar el monumento y que seguramente, cuando todo este asunto de la emergencia sanitaria pierda importancia, declararán que la estructura no puede seguir alojando a los miles de amantes de las ruinas prehispánicas y chamanes posmodernos que se dan cita en la antigua Teotihuacán cada semana. Ya sucedió en Palenque y en Chichen Itzá.
Hay tanta gente que comienzo a sentirme incómodo. Camino hacia la pirámide de la luna. A cada paso voy evadiendo la venta de collares, rebozos, calaveras y dildos (sí, dildos) finamente tallados en piedra.
Nunca he entendido la espantosa costumbre nacional de atosigar a los transeúntes con mercancías que no quieren y no necesitan, no me sorprende que esta sea la misma técnica que utilizan varias empresas sin escrúpulos para tratar de endilgar a los incautos una tarjeta de crédito.
La pirámide de la luna no es tan popular, los curiosos la observan con desdén y la mayoría le da la espalda. Un perro solitario ronda por el lugar en búsqueda de comida, atención o una buena pelea. Se retira rápido, es un perro de la vieja guardia que no ha logrado adaptarse a la indiferencia del mundo.
Una pareja intercambia besos y toqueteos que todos fingimos pasar por alto. Las nubes se arremolinan en el cielo, son casi las tres de la tarde pero nadie quiere irse.
Me alejo de la multitud hacia un sendero que rodea la ciudadela y que me llevará a la salida. Un dron me persigue desde las alturas, su molesto zumbido me distrae del encanto de las florecitas amarillas que aquí crecen por montones.

Me cruzo con un par de vendedores más. Uno me ofrece un tequila de dudosa procedencia y el otro una experiencia de temazcal. Me voy mentándole la madre al dron porque uno debe ser fiel a sus principios.
Los restauranteros se mueren de aburrimiento, pocos acceden a detenerse aunque ya es la hora de comer. Me pregunto si la reapertura de la zona arqueológica les ha beneficiado en algo.
A pesar de la vacunación hay un peligro inminente y todavía hay quienes no se arriesgan a este tipo de aventuras. Los entiendo.
Me subo a mi coche, que conoce bien la maldición que persigue a quienes pagaron por una buena lavada y encerada. Mejor hubiera comprado un six de cervezas o varias botellas de agua para mitigar la sed que causa taparse la boca con un trapo por mas de 4 horas.
Las primeras gotas de lluvia se estrellan contra el parabrisas pero no va a ser nada de proporciones bíblicas, ni siquiera un aguacero promedio. Solo el testimonio de que a Tláloc le gustan las bromas pesadas.
Debí aceptar el tequila, me espera un largo camino de regreso, por lo menos el trayecto sería más llevadero.
Luego pienso en los 700 pesos que me pedía Jorge (porque así le llamó su mujer con voz atiplada) por una botella decorada con tan tremendo mal gusto y se me pasa el exabrupto mexicanista.
Prefiero buscar un jarro de pulque, bebida para los dioses, deliciosa e infinitamente más barata. Tal vez, si me doy prisa, encuentre algo así en Acolman o rumbo a Pachuca o en Texcoco, donde cuentan las leyendas que existe un lago que resguardan los guerreros de una milenaria tribu proveniente de Aztlán. Sí, por qué no, un curado de avena valdría la pena, nada más por no dejar.
