Sobre la difícil tarea de escribir canciones

Escribí mi primera canción a los 13 años y era terrible, se llamaba «Dame la mano antes de morir» y era tan mala que aún ahora siento vergüenza cuando la recuerdo. Escribo, y lo hago desde hace mucho tiempo, aunque nunca de manera profesional, no soy disciplinado y quizá batallaría enormemente con fechas de entrega y cierres de edición. Escribo por gusto, como una declaración de principios y porque creo que hay cosas que solo pueden manifestarse de esta manera.
Cuando garabateé la letra de aquella canción en un cuaderno destinado a la materia de biología o de matemáticas, estaba pasando por algún momento de angustia preadolescente.
No buscaba la muerte, nunca he tenido esa pulsión suicida que comparten algunos de mis contemporáneos, ese instinto que han tratado de acallar con responsabilidades laborales, terapia, obsesiones religiosas o excesiva «buena ondéz» new age. No estoy de acuerdo con la idea de que alguien decida quitarse la vida por lo que sea, pero respeto mucho, muchísimo, a quienes toman esa decisión. Yo no tendría el valor.
En fin. En aquel entonces, frente al descubrimiento de que mis aspiraciones eran una fantasía imbécil, traté de imaginarme la vida sin mí.
Entiéndase que eran tiempos híperhormonales, de sensaciones nunca antes experimentadas. Uno se plantea estos escenarios cada tercer día o todos los domingos antes de las comidas familiares.
¿A quién le importaría? ¿Quién iría a mi funeral? ¿Existiría alguna diferencia en el mundo, en mi mundo, si no hubiera nacido? ¿Nos percatamos, todos, la humanidad y su implacable necesidad de supervivencia, de nuestra insignificancia ante la posibilidad de que un meteorito nos borre de la vía láctea para siempre?
Entonces dejé de escribir canciones, en parte también porque soy pésimo para ejecutar correctamente cualquier tipo de instrumento y porque enfoqué mis esfuerzos en cantar, cosa que siempre se me dio bien y me evitaba el esfuerzo de enseñar a mis torpes dedos a tocar la guitarra o el piano.
También dejé de escribir cuentos, carrera paralela a mi afición de compositor frustrado, porque la realidad me parecía demasiado abrumadora y mis fantasías de literato amateur, no eran lo suficientemente poderosas para detener su paso inevitable.
Después de muchas libretas rotas, de notas calcinadas en hogueras improvisadas y post its perdidos en mudanzas imprevistas, me desperté una mañana con la firme convicción de volver a hacer canciones.
Habían pasado más de 20 años. Había sobrevivido a la crisis de los 30 y a las desavenencias de la vida adulta. Con la ilusión de certeza que proporciona un poco de estabilidad laboral, me propuse realizar un proyecto personal en serio, involucrándome con todo el proceso: producción, arreglos, etcétera.
Aunque no lo parezca, he estudiado música. Aun así, no me considero parte del gremio. Toco un par de instrumentos sin mucha pericia pero con mucho sentimiento y poseo la capacidad de crear tonadas en mi cabeza que a veces intento comunicar a los músicos de verdad con una serie de graznidos incomprensibles que siempre terminan por doblarlos de la risa.
Reconozco que mis avances a la fecha no son gran cosa, no voy a ganar un Grammy ni nada por el estilo, estoy haciendo canciones sin grandes pretensiones, podría decirse que con fines terapéuticos. Mi madre murió el año pasado y la música ha evitado que me sumerja en una tristeza infinita.
La muerte, siempre la muerte, quizá por ello soy incapaz de escribir sobre cosas y situaciones felices. Tampoco se me dan las baladas melosas dedicadas a los amores imposibles, viejos o nuevos. Es una discapacidad preocupante.
Ahora sé, y está bien, que soy demasiado viejo para dejarme envolver por la falacia de la fama y la fortuna. Eso nunca llegará, mucho menos en este país de promesas sexenales y mesías cuyo único milagro es transformar la esperanza en verborrea.
De cualquier forma, si ya se ha puesto en trayectoria de colisión el asteroide que terminará con la existencia de nuestro mundo, todavía queda bastante tiempo para dejar testimonio de mi paso por este plano. Hasta que se apague el último servidor web o hasta que internet se convierta en una compleja red neuronal donde ya no haga falta leer las expresiones textuales de millones de desconocidos, una red donde los pensamientos se proyecten como aburridas películas que nos remitirán a los reality shows que se hicieron tan populares a principios del año 2000.
Me gustaría pensar que, antes de que el sol se convierta en un hoyo negro que devorará la galaxia, una civilización más avanzada llegará a la tierra y encontrará nuestras arcaicas computadoras, nuestros teléfonos móviles y descubrirán, si su tecnología puede decodificar el formato WAV o el MP3, una o dos de mis canciones.
Y tal vez sorprendidos, como arqueólogos que descubren una fascinante cultura primitiva, dirán, en un idioma que nunca hemos escuchado: «Mira que especie tan interesante. Ya presentaban algunos rasgos evolutivos básicos. Mira cómo habían logrado desarrollar un precario sistema musical, sin duda eran inteligentes, tan inteligentes como nuestras mascotas.
